Mis amadas hijas

Mis amadas hijas

 

 

         Mi nombre es José Luís, pero me dicen Pepe, tengo 38 años y estoy divorciado de mi otrora esposa. No nos llevábamos bien en materias de índole sexual. A pesar que ella era muy caliente, no accedía a efectuar sexo anal ni oral. Aquello, con el paso del tiempo, terminó por horadar nuestra férrea relación matrimonial, nuestro amor, nuestros planes, en fin, todo salvo la relación con mis hijas. La erosión fue paulatina, pero persistente. Mi apetito por el sexo anal y por el bucal se agrandaba día a día y, como mi esposa se negaba rotundamente a complacerme en ese aspecto —ni tan siquiera hacía el intento— terminamos separados. Las discusiones eran demasiado frecuentes y de ellas solían ser testigos nuestras dos amadas hijas: María del Socorro y Gloria de los Ángeles.

 

         Teniendo presente que aquellas repetidas peleas con mi ex cónyuge tensaban a nuestras hijas y les ocasionaban estrés y que  dichos conflictos no cooperaban con el bienestar de mi ex pareja ni con el mío, decidimos, hace ocho años, que lo mejor para todos era separarnos. Establecimos un régimen de visitas de mis adoradas hijas conmigo y una cantidad de dinero como pensión de alimentos.

 

         Yo me fui a vivir a un departamento pequeño, de dos habitaciones, y a aquel iban a pasar los fines de semana y la mitad de las vacaciones conmigo mis hijas. Todas aquellas ocasiones eran muy especiales para mí. Siempre me preocupé de atenderlas como a princesas: les tenía un dormitorio bellamente decorado, dotado de todas las comodidades que mis recursos económicos me permitían (PC de última generación con conexión a Internet, televisión satelital, equipo de home cinema con DVD, confortables y bonitos muebles, un set completo de ropa para cada una —que les iba renovando de tanto en tanto— y así por el estilo). También comíamos rico, paseábamos, etc., etc. Ellas eran —y son— mi adoración y el eje en torno al cual gira lo primordial de mi vida.

 

         Desde muy niñas las acostumbré a que me vieran desnudo y les inculqué a ellas la misma práctica, a pesar que su madre se opuso un tanto al principio, pero luego entendió, por una parte, que no había nada de malo en ello, y por otra parte, que su mojigata actitud no era conveniente traspasarla a las niñas, pues les ocasionaría más desdicha que dicha en nuestro mundo liberal actual.

 

         De este modo se desarrollaba mi vida: mis hijas crecían y sus formas mutaban de niñas a mujeres preciosas; nuestra relación de padre a hijas aumentaba en confianza y felicidad mutua. Tanto ellas como yo, en la intimidad de mi hogar, seguíamos mostrándonos desnudos sin tapujos. Aquello a pesar que las niñas ya no eran niñas, sino unas hermosas jóvenes mujeres, dueñas de cuerpos privilegiadamente exuberantes y lindísimos.

 

         Una mañana de sábado, María del Socorro, mi hija mayor, luego de despertar se fue a meter a mi cama justo en el momento en que yo trataba de aliviar manualmente mi gazuza sexual. Es decir y hablando en español castizo, me estaba masturbando como casi todas las mañanas. Pero por lo temprano que era, no tomé precauciones como cerrar la puerta con seguro u otras semejantes.

 

Si hay algo en que no nos equivocamos con mi ex mujer fue en el nombre que colocamos a nuestras hijas. María del Socorro, desde muy pequeña, mostró una fuerte inclinación para auxiliar al necesitado. En la ocasión que les reseño, ella consideró que mi pene era un menesteroso  al que ella no podía dejar de prestar ayuda. Sin decir ni preguntar nada, asió mi falo enhiesto con sus manos y se lo introdujo en la boca. No fui capaz de impedírselo, sobre todo porque era algo que había nacido de ella, porque era —y es— mi punto débil en el plano sexual y porque se distinguía, desde el primer segundo, que era una experta mamadora que estimulaba mi pene como una diosa. En aquellos momentos yo me hallaba absolutamente imposibilitado a resistirme a tan hondo disfrute, que tanto me fascinaba y que no encontraba —ni encuentro— que tuviese nada malo que una hija satisfaga a su padre y viceversa (si es que ambos son mayores de edad, es mutuamente anhelado y consentido y tomamos resguardos anticonceptivos). Ella también lo entendía de igual manera (afortunadamente no heredó los genes mojigatos y puritanos de su madre).

 

         Mi hija recorría mi alborozado pene desde la base hasta la puntita del glande con su suave lengua, sus gruesos labios y con toda su linda boquita. Complementaba aquello con golpecillos manuales deliciosos a mi periné. Yo estaba en la cima de la felicidad y la fruición. Ella lo sabía y se esmeraba mucho en su labor. Los lametones en el frenillo peniano, el suave succionar, las introducciones de mi falo hasta tocar el inicio de su garganta y las caricias a mi zona perineal, no tardaron en provocar estragos en mí y poco antes de eyacular dije a mi hija:

 

—Amorcito, no aguanto más, me corrooooooo.

 

         Ella, haciendo oídos sordos a mi urgida advertencia, me prodigó más caricias bucales aún. Se concentró en el aro de mi glande y en el frenillo a los que sometió a una severa e intensa sesión de chupeteadas, lamidos, profundas succiones y fuertes sacudidas.  Tales atenciones expertas, aunado a mi antes aludida febril inclinación por el sexo oral y la calentura que tenía encima, hizo que mi descarga espermática fuese muy copiosa, espesa y caliente. La capacidad de extracción de mi adorada hija no dio abastos e hilos de semen se escabulleron de su boca. Recorrieron su barbilla, su cuello y se alojaron en su regazo de turgentes tetas.

 

         Siempre infundí en mis hijas que si uno recibe algo bueno debe esforzarse por otorgar reciprocidad y retribuir, con generosidad, la benevolencia recibida. Fiel a aquello, me dispuse a dar sexo oral a mi hija, quien se reveló como toda una gozadora ante mí (hija de tigre sale rayada, dicen por ahí).

 

         Solita mi hija se puso al medio de la cama y se colocó una almohada debajo de sus pompis para empinarlas más y dejar su sexo más expuesto, facilitando la deleitosa labor a que iba a dar inicio. Encajé mi cabeza entre sus muslos, semejantes a pilares situados muy cerca el uno del otro, y al instante sentí cómo sus manos aprisionaban mi testa y la fijaban muy cerca de su coñito. Mi lengua se abrió paso a través de las mamparas labiales mayores y se dirigió, a toda prisa, a la caza del clítoris, tras despegar los labios menores. La sedosidad de ese coño, cuidadosamente depilado por entero, y el dulzor de los jugos que manaban de este, me embriagaron y alocaron. El encuentro de mi lengua con el erecto clítoris nos excitó a ambos. Ella dejó escapar un gritito de vivo goce y yo me afané en congraciarme con aquél botón detonador de los más grandes placeres femeninos.

 

         Mi tarea fue prolija, concienzuda y laboriosa. Mi hijita, al poco rato, estaba gimoteando ruidosamente, sin realizar amago alguno por encubrir la felicidad y gozo que estaba experimentando. Si a ella no le importaba que su hermana la escuchara, a mí tampoco. Por algo será, pensé para mis adentros y proseguí mi tarea con renovados bríos. Mi amada hija, cuando ya gritaba como enajenada, tuvo su primer orgasmo y yo bebí su néctar como un alcohólico dado a la lubricidad, como un vicioso desenfrenado por la lujuria, la lascivia y la calentura extrema.

 

         Mi hija, al ver el apremio por el que pasaba otra vez mi verga, parada e hinchada a reventar, me ofreció su vagina para ser penetrada por mi apurado miembro. Sin pensarlo dos veces, acepté tal invitación rebosante de dadivosidad, me coloqué un condón y enchufé mi pene a aquella fuente de placer exquisito que se me obsequiaba altruistamente. Fui incrustando mi pene muy lentamente, ya que si bien aquel coñito no parecía virgen, al menos tenía muy poco trajín. El profundo amor que sentía hacía mi hija hacía que sólo quisiera causarle deleite, máxime para quien sólo me había prodigado loores a través de su vida y en aquel momento, también.

 

         Cuando llevaba alrededor de medio pene inserto en el agujerito vaginal de mi retoño, ella no pudo refrenar más sus deseos libidinosos y comenzó a empujar su cuerpo contra el mío. Aquella acción hizo que mi pene tocara el fondo de su matriz. Yo me mantuve quieto, pero ella inició unos movimientos rotatorios leves y muy placenteros con sus caderas. Poco a poco yo también empecé a bombear al compás de ella. A medida que ella incrementaba sus oscilaciones, yo hacía lo mismo con mi mete y saca.  Siempre siguiendo su ritmo, pronto alcanzamos una velocidad crucero que me afané en mantener, pese a que los gritos de la chica podían interpretarse como ganas de más rapidez de penetración. Sin embargo, como su progenitor, conocía muy bien a mi hija y sabía que era un poco alharaquienta.  Sabía que ella pedía más pene y quizá mayor hondura en cada arremetida, pero no movimientos más vehementes o brutales. Sin perder el ritmo acompasado y aumentando en recorrido de mi pene, desde lo más profundo de su matriz hasta casi el desacoplamiento total, comencé a comerme sus jóvenes tetas, pues su bamboleo me tenía loco de ganas de degustarlas.

 

         María del Socorro gozó y gritó a destajo. Cuando empezó a dar muestras que había un orgasmo en incubación, a petición de ella, cambiamos de posición. Yo me coloqué de espaldas y ella se montó sobre y de frente a mí y comenzó a cabalgar mi pene mientras yo saboreaba sus tetas. Sólo en aquellos instantes de cambio de posición,  fugazmente me percaté que Gloria, mi otra hija, se hallaba sentada en el umbral de la puerta de mi alcoba, presenciando todo nuestra perfomance y dando dedo a su coñito. Al sentirse descubierta por mi mirada, corrió y se lanzó a la cama como quien se arroja a una piscina. Con velocidad felina se ubicó sobre mi cabeza y dijo:

 

—Papi yo también quiero que me hagas disfrutar. No te imaginas cuánto esperamos este momento con mi hermana. Queremos resarcirte todo lo que nuestra madre puritana te negó por tantos años y de manera tan antojadiza. Nosotras te daremos todo lo que quieras. Nacimos y seremos putas para ti todas nuestras vidas. ¿Qué te parece papi?

 

—Espléndido es poco decir ante tan inmensurable dádiva de vuestra parte. Por otro lado y no obstante lo antes dicho, no me sorprende vuestra generosidad. Sólo espero comportarme a la altura de ustedes y, como es mi pensar, gratificarlas como se merecen. —respondí.

 

—Entonces menos palabrería y más acción. —replicó Gloria de los Ángeles.

 

 

Dicho aquello, mi hija mayor retomó su cabalgar y la menor, se sentó en mi rostro para que diese atención a su coñito ardiente y jugoso. Primero embebí mi boca con sus tibios torrentes que rezumaban de su entreabierto coñito. Borracho de placer, di a su clítoris un prolijo y extenso frotamiento lingual que culminó en un orgasmo prolongado que dejó a mi retoño plena de goce.           

 

En tanto María del Socorro no perdía el tiempo y le daba duro a mi pene, el que, no obstante el rigor al cual era sometido, se mantenía firme y gallardo defendiendo mi virilidad y aguante para dar gozo a tan exigente hembra, como lo era —y es— mi preciosa hija.

 

Al momento en que, luego de un arduo y continuo trabajo de mi boca, se desencadenaba la segunda cumbre sexual de mi hija menor, también hacía explosión mi pene casi colapsando con mi semen el depósito del indispensable preservativo. El griterío, los alaridos y chillidos llenaban de ruidos gozosos la habitación y de dicha plena nuestros corazones palpitantes a toda marcha.

 

Nos permitimos un merecido descanso que empleamos en desayunar para recobrar energías. Mis niñas no me permitieron atenderlas y se encerraron en la cocina a preparar el desayuno. Sólo se limitaron a decir:

 

—Tú papi, ocúpate de descansar y hacer acopio de fuerzas, pues la labor que te queda por delante será agotadora y extensa.

 

Aunque aquello tenía ribetes de ser una velada amenaza, no era más que una señal referente a que el disfrute venidero sería grande, pero trabajoso. En vista de tal futuro, me aseguré de que contaba con una dosis de la mágica pildorita azul para echar mano en caso de verme en aprietos con las demandas de mis hijas. Nunca había estado, a la vez, con dos briosas princesitas, por lo que desconocía cómo respondería mi cuerpo ante tales exigencias y no estaba de sobra prevenir.

 

Como mis hijas me hicieron saber que no querían verme merodear por las inmediaciones de la cocina en media hora, aproveché el tiempo y me di un reconfortante hidromasaje con sales minerales y buena música de Mozart. Para mí, toda una bomba de placidez a la vez que una inyección de buen ánimo.

 

Luego del baño, me atavié con una bata delgada y me senté en el salón del comedor. La mesa estaba muy hermosamente adornada y con un sinnúmero de exquisiteces: frutas de todo tipo, zumos de frutas, pastelillos, pan recién horneado, jamón, salame, chorizo, variedades de queso, leche, miel, cereales, etc. Dos minutos después aparecieron mis hijas enfundadas en sensuales batines escotados. Desayunamos abundantemente e hicimos una esclarecedora sobremesa. Me contaron que desde muy pequeñas, al escucharnos discutir con su madre por temas de sexo, ellas aguardaban con anhelo el momento de crecer y poder complacerme en todo lo que mi ex esposa me privaba egoístamente. Se dedicaron a aprender todo lo necesario para, posteriormente, poder brindármelo a mí.

 

Como hacía calor, nos vestimos con bañadores y subimos a la piscina del edificio. Cuando llegamos no había nadie, probablemente a causa de la tempranera hora, de que era un fin de semana largo y muchos de mis vecinos habían salido fuera de la ciudad, a que algunos se habían ido de copas la noche anterior o qué sé yo. Lo importante es que estábamos solos y en privado, pues puse seguro a la cerradura de la puerta para evitar ser pillados desnudos o en alguna actividad de tipo lúbrica. Si alguien quiere ingresar, tocará el timbre, pensé.

 

Tan sólo entrar y mis hijas se abalanzaron sobre mí para quitarme el bañador, me invitaron a subir y a tenderme boca arriba en el trampolín de la alberca y Gloria empezó a mamarme el pene mientras María del Socorro acariciaba y lamía mis huevos y el periné. Yo me encendí al instante y comencé a magrear a las chicas. Les saqué los sujetadores del biquini y sobé sus cuerpos concienzudamente y con deleite. Mis chiquillas me demostraron su pericia en las artes de la felación dándole duro al frenillo de mi pene y haciéndome acabar en menos de cinco minutos. Compartieron mi leche, limpiaron mi polla y me lanzaron, cuidadosamente, a la piscina. Tras despojarse de las braguitas de sus bañadores, se lanzaron ellas también al agua de la piscina.

 

Ver esos cuerpos jóvenes, lozanos y próximos a la perfección (el ojo paterno siempre abulta la realidad cuando se trata de sus hijos) nadar desnudos de aquí para allá y viceversa, despertó mis ganas de follar, transmitidas a mi verga, la cual como boy scout y sin regodeos, se puso a tono y se irguió jactanciosa. Detuve el nadar de Gloria de los Ángeles y la llevé a una esquina. Ella, risueña y pícara, se colgó de mi cuello, me besó deliciosamente, abrazó mi cintura con sus piernas, echó hacia atrás su cabeza apoyándola en el bordillo de la piscina, tomó mi erecta verga con una mano y se la encajó en su coñito. Yo empujé suavemente para terminar de introducir mi polla hasta el fondo de aquel santuario de placer. Una vez que hubo tocado fondo, me quedé un buen rato inmóvil, besando a mi hija con inmoderada demostración de apetito carnal. Mi quietud duró hasta que mi hija inició un lento y delicioso vaivén. María del Socorro, en tanto, había salido del agua y se había instalado en el borde de la piscina, frente a nosotros, iniciando una masturbación frenética, gimiendo a gusto,  sin perder de vista lo que su hermana y yo hacíamos. Gloria de los Ángeles movía su cabeza de un lado a otro y gemía con tantas o más ganas que su hermana. Su cuerpo vibraba y se cimbraba al tiempo que su menear de caderas se incrementaba. Sus gemidos mutaron a gritos, primero, y a alaridos, después. Y no era porque yo fuese un superdotado o un maestro a la hora de copular. Era, sencillamente,  porque ella era una gozadora impúdica y porque sabía —quizá por intuición femenino— que aquello me ponía a mil a mí, y de paso, a su hermana.

 

En un momento dado, cuando nos acercábamos al paroxismo, Gloria, haciendo gala de autodominio y bizarría, extrajo mi pene de su coño, se dio media vuelta y empinó su culito para proseguir la faena por la entrada de servicio. Las dos chicas me alentaban, a voz en cuello, para meterlo pronto por el agujero anal. Luego de lubricarlo y dilatarlo, apunté y empujé con fuerza para encajar el glande en el culo de mi hija. Estoicamente soportó el embate y no se quejó. Dejé pasar unos minutos y reanudé el enculamiento muy lentificadamente. María del Socorro, como una gacela, corrió a su bolso a sacar algo, se lanzó a la piscina y nadó hasta donde estábamos nosotros. Embadurnó la parte del pene que aún no había introducido y por todo sitio asequible del ano de su hermana con lubricante resistente al agua, que “casualmente” traía consigo. Mientras tanto y en gratitud, yo le sobaba el culo. Aquella atinada acción de mi hija facilitó mucho las cosas. Una vez más mi hija acudía en socorro de los menesterosos en el momento preciso. Mi hija echó para atrás violentamente su trasero y se enchufó todo mi pene en su recto. De aquella forma, quedamos conectados a un hontanar de placer infinito.

 

         Pasmado por tal intrépida acción, no atiné a moverme hasta que escuché:

 

—Papi, despabílate y empieza a mover la polla. —gritó Gloria de los Ángeles.

 

Tal acicate, unido a un sentimiento de amor propio vilipendiado, hizo que mi reacción fuera como la de una fiera herida. Con una mano cogí con fuerza de las caderas a mi hija y comencé a bombear con desenfreno y sin pausas. Mi hija gritaba alocadamente, pero aquello no detuvo ni aminoró mis arremetidas. Al rato mi niña-mujer continuaba chillando, pero con cada vez más suspiros entremedio. Luego se agregaron frases cortas que me alentaban a seguir, por una parte, y me daban elocuentes indicios que mi accionar era del agrado de mi niña. Para cerciorarme de esto último, saqué mi polla del culo de Gloria y escuché:

 

—Papá: ¡MÉTEMELA YA! No seas sádico.

 

Obediente, se la metí de una embestida hasta el fondo y continué bombeando ese rico culo con frenesí renovado. Al cabo de algunos minutos, descargué una buena cantidad de caliente leche en aquel culito sediento. Los tejidos del recto no fueron capaces de absorber todo el semen y una porción se escapó fuera del agujero y dejó su rastro en el agua. Yo no retiré mi pene y proseguí bombeando despacio, a la espera del culmen sexual de Gloria, quien sólo instantes después se tensó y le sobrevino un prolongado, gritado y alardeado orgasmo. ¡Cómo se retorcía aquel juvenil y bello cuerpo!

 

Mientras todo aquello sucedía, sonó el timbre. María del Socorro corrió hasta donde estaban los bañadores y nos lanzó los nuestros a la piscina. Ella y su hermana volaron y se encerraron en los vestidores. Apresuradamente me coloqué el traje de baño y, con tranco acelerado, me dirigí a la puerta. Cuando la abrí, me encontré con la joven administradora del edificio y su gordinflón y simpático novio. Manuela, la administradora, me dijo:

 

— ¡José Luís! Eras tú. ¿Qué estabas haciendo? Había un griterío gigantesco.

 

Para darme tiempo a encontrar una buena justificación más que por caballerosidad, saludé a Manuela con dos besos, uno en cada mejilla, y a su novio con un largo apretón de mano. Luego dije:

 

—Excúsame Manuela, pero están de visita mis hijas que juegan como si fueran unas niñas, a pesar que están bien crecidas. Son unas gritonas incorregibles.

 

El gordito novio de Manuela se sonreía pícaramente y su novia me miraba con cara incrédula.

 

En eso aparecieron mis hijas y saludaron muy amorosamente a mis inquisidores y, tomando la palabra María del Socorro, señaló:

 

—Discúlpanos Manuela, pero nos hemos descontrolado y perdido la noción de la realidad. Lo que sucede es que, cuando visitamos a papá, lo pasamos tan a gusto que nos volvemos loquillas. Pasando a otro tema, no sabía que tu novio era tan guapo. —agregó con descarado cinismo.

 

—La verdad que mi amorcito es un adonis, pero no me gusta ufanarme de aquello, pues no todas tienen la ventura mía. —respondió Manuela plena de agrado por el piropo a su noviecito.

 

—Por qué no se animan y se colocan bañadores y pasamos juntos un rato agradable compartiendo contigo, pero sobre todo, con el guapetón de tu novio. ¡Que está muy majo! —agregó mi otra hija.

 

Manuela, henchida de satisfacción por las lisonjas hacia su novio, se olvidó del escandalillo que teníamos y fue a buscar los bañadores con su simpaticón noviecillo.

 

Cuando se alejaron un poco, mis hijas no podían contener la risa. Sin embargo, muy pronto descubríamos la gracia escondida del gordito personaje, objeto de la soterrada mofa de mis hijas.   

 

 

Al regresar a la piscina Manuela y su gordinflón novio venían ataviados con sendos bañadores. Ella traía un micro biquini de color rojo vivo. Su novio, en cambio, vestía unos sobrios bermudas negros. Yo siempre había mirado a la joven Manuela con ojos lascivos, especialmente su prodigioso y paradito culo…el mejor del edificio sin lugar a dudas.

 

         Mis hijas, subidas en el trampolín, tramaban algo que, si bien no sabía con precisión qué era, sí estaba seguro que iba dirigido al novio de Manuela. De pronto noté que aquel simpático personaje estaba muy concentrado mirando hacia arriba, al trampolín. Mis traviesas hijas lo tenían absorto, pues le estaban haciendo un striptease extremadamente sensual y excitante. Se comportaban igual que calientapollas.

 

Manuela, ignorante de la situación que ocurría en el tablón de la alberca, me conversaba acerca de tópicos concernientes a la administración de edificio.

 

 

En eso se arrojan desnudas a la piscina mis hijas y comienzan a nadar cerca de Roberto, el novio de Manuela. Él las observa atónito.

 

— ¡Vaya que desinhibidas son tus muchachas! Tienen bonitos cuerpos, ¿te las follaste ya? —espetó Manuela como quien pregunta la hora.

 

— ¡Son mis hijas Manuela! —contesté con toda desfachatez y fingido enfado.

 

— Sólo te pregunté si habías tenido sexo con ellas y no si las habías torturado o maltratado. No es para que reacciones así. —replicó Manuela.

 

— Es cierto, pero cuando se trata de mis hijas me coloco a la defensiva. Excúsame por favor. —señalé.

 

Acto seguido, y frente a mí, cerró con seguro la puerta de la alberca y se quitó el biquini provocadoramente. Luego se lanzó a la pileta y comenzó a nadar.

 

 Roberto se despojó de sus bermudas y enseguida mis hijas detuvieron su nadar y se quedaron mirando el pene de Roberto boquiabiertas. La verdad es que no era demasiado largo, pero sí muy grueso.

 

El superdotado gordinflón se arrojó al agua cerca de las niñas. Las dos empezaron a coquetear con él, pero como María del Socorro era la que estaba más caliente, fue más osada y agarró a Roberto del rabo y lo atrajo hacia ella.

 

Para que Manuela no se pusiera a protestar, me saqué el traje de baño y me lancé nadando hacia ella. Con la mayor desvergüenza, la tomé por la cintura, la acerqué a mi cuerpo y la besé en la boca, con lengua y toda mi pasión contenida desde que llegué al edificio. Ella, para mi asombro, se dejó hacer y me respondió mi besuqueo. Aquello me envalentonó y comencé a magrear sus tetas y manosear su culo. Ella seguía dejándose hacer y emitiendo gozosos quejidos guturales. Mi pene se empinó a tope y ella se acercaba para refregárselo contra su pubis totalmente depilado.

 

Giré un poco la cabeza y vi a María del Socorro colgada del cuello del novio de Manuela y abrazada,  con las piernas, de la cintura de Roberto. Gloria, entretanto, sumergida en el agua chupaba la gruesa verga del regordete suertudo. Tanto y tan bien mamó que hizo que el muchacho eyaculara copiosamente en el agua de la piscina.

 

Mientras tanto yo me comía las tetas de Manuela y frotaba su clítoris con mis dedos. Manuela era mucho más ardiente de lo que imaginé. Gemía y gritaba sin retener el volumen de aquellas manifestaciones de deleite y goce, al tiempo que me pedía, poco menos que impetrando, que la enculara. Como soy débil de carácter, accedí e hice que se apoyara en el bordillo de la piscina con el culo empinado y sin visión de lo que hacía su novio. Empecé a dar masaje el ano de Manuela, a meterle un dedo con lubricante que ella me pasó, al tiempo que le acariciaba las tetas y le susurraba al oído que estaba muy buena y otras cosas de índole procaz, pero que noté que le gustaban y la ponían mucho. Asimismo, procuraba vigilar y mirar en qué estaba el gordito sinvergüenza.

 

Como lo suponía, el desfachatado y rechoncho novio de Manuela se estaba follando a placer a mi hija María del Socorro. Y Gloria se masturbaba con ganas mirándolos.

 

Lleno de celos, intensifiqué la estimulación anal y de vulva de Manuela, frotando su clítoris y sobreexcitándola. Entonces, luego de colocarme un condón común y corriente,  comencé a encajar mi polla, sin prisas pero sin pausas, hasta que mis huevos rebotaran en el precioso culo de Manuela. Contrariamente a lo esperado, ni siquiera chistó mínimamente, pero tampoco dio muestras de agrado. Mosqueado por aquello, empecé a embestir la retaguardia de Manuela con más fuerza hasta que comenzó a gritar ruidosamente. Imposible que su noviecillo abusador no se percatara. Sin embargo se hizo el desentendido y aumentó la vehemencia de la follada a mi pequeña e incauta hija.

 

Enceguecido, me salí de la piscina y fui corriendo hasta el bolso de María del Socorro. Yo sabía que aquel bolso contenía hasta lo más insospechado. No me equivoqué: había una caja de condones rugosos y con escamas, que suelen llamar “de efecto retardado”. Me coloqué uno y retorné al lado de Manuela, quien miró y tocó el preservativo, pero no dijo nada. Era una chica con gusto por el sexo rudo. Sin mucha contemplación, fui introduciendo mi reforzado pene en el culo de mi ocasional pareja. No me costó demasiado hacer que mis huevos rebotaran en sus nalgas, pues el agujero ya estaba bien dilatado. Inicié un mete y saca bastante lento para probar si a Manuela le dolía mucho. No obstante al sentir cómo María del Socorro gritaba de gusto y se corría una y otra vez y al notar que mi pareja daba alaridos de goce, inicié un bombeo más rápido en el culo de la joven administradora, sin importarme si le hacía daño o no.

 

Manuela bramaba, pero por fortuna para mí, de tanto disfrute y placer  que estaba sintiendo. El obeso abusador de cándidas chicas miró para ver si le estaba pegando a su novia. Yo le respondí con una sonrisa de sorna  y continué mi follada anal. Él ya había claudicado y amarraba el condón con su depósito lleno de semen.

 

Inflado de orgullo por tener al “violador” de mi hija fuera de combate, disminuí el rigor de mis embates al culo de Manuela considerablemente. Quería demorarme lo más posible para vengarme del obeso y desagradable individuo por haberse follado a mi tesoro de hija inocente y en mi presencia, más encima. ¡Sinvergüenza!... ¡descarado!... ¡abusador! le grité, pero no resultó audible.

 

Aproximadamente unos diez minutos más tarde no aguanté más y me corrí con abundancia. Manuela se giró, me quitó el preservativo, lo anudó, lo dejó en el borde de la alberca y me limpió el pene con su boca y lengua. Su novio, colorado de rabia, se movía de aquí para allá y de allá para acá.

 

Nos salimos de la piscina, nos colocamos los bañadores, tomé de la mano a mis hijas, nos despedimos con cortesía y nos fuimos corriendo a mi departamento. Antes de entrar alcanzamos a escuchar al gordinflón discutir con su novia.

 

Nos duchamos y, para congraciarse conmigo, María del Socorro me jabonó, con toda delicadeza, mi cuerpo. Intentó revivir a mi exhausto pene, pero no le fue posible, ya que el dichoso miembro parecía en huelga de brazos caídos. Recurrió a cuanto truco conocía, pero mi rabo, al no recibir órdenes superiores, permaneció en reposo. 

 

El resto del fin de semana fue de antología. Follamos y nos divertimos como nunca, a la vez que afianzamos todavía más nuestra relación.

Mis amadas hijas

Mis amadas hijas

 

 

         Mi nombre es José Luís, pero me dicen Pepe, tengo 38 años y estoy divorciado de mi otrora esposa. No nos llevábamos bien en materias de índole sexual. A pesar que ella era muy caliente, no accedía a efectuar sexo anal ni oral. Aquello, con el paso del tiempo, terminó por horadar nuestra férrea relación matrimonial, nuestro amor, nuestros planes, en fin, todo salvo la relación con mis hijas. La erosión fue paulatina, pero persistente. Mi apetito por el sexo anal y por el bucal se agrandaba día a día y, como mi esposa se negaba rotundamente a complacerme en ese aspecto —ni tan siquiera hacía el intento— terminamos separados. Las discusiones eran demasiado frecuentes y de ellas solían ser testigos nuestras dos amadas hijas: María del Socorro y Gloria de los Ángeles.

 

         Teniendo presente que aquellas repetidas peleas con mi ex cónyuge tensaban a nuestras hijas y les ocasionaban estrés y que  dichos conflictos no cooperaban con el bienestar de mi ex pareja ni con el mío, decidimos, hace ocho años, que lo mejor para todos era separarnos. Establecimos un régimen de visitas de mis adoradas hijas conmigo y una cantidad de dinero como pensión de alimentos.

 

         Yo me fui a vivir a un departamento pequeño, de dos habitaciones, y a aquel iban a pasar los fines de semana y la mitad de las vacaciones conmigo mis hijas. Todas aquellas ocasiones eran muy especiales para mí. Siempre me preocupé de atenderlas como a princesas: les tenía un dormitorio bellamente decorado, dotado de todas las comodidades que mis recursos económicos me permitían (PC de última generación con conexión a Internet, televisión satelital, equipo de home cinema con DVD, confortables y bonitos muebles, un set completo de ropa para cada una —que les iba renovando de tanto en tanto— y así por el estilo). También comíamos rico, paseábamos, etc., etc. Ellas eran —y son— mi adoración y el eje en torno al cual gira lo primordial de mi vida.

 

         Desde muy niñas las acostumbré a que me vieran desnudo y les inculqué a ellas la misma práctica, a pesar que su madre se opuso un tanto al principio, pero luego entendió, por una parte, que no había nada de malo en ello, y por otra parte, que su mojigata actitud no era conveniente traspasarla a las niñas, pues les ocasionaría más desdicha que dicha en nuestro mundo liberal actual.

 

         De este modo se desarrollaba mi vida: mis hijas crecían y sus formas mutaban de niñas a mujeres preciosas; nuestra relación de padre a hijas aumentaba en confianza y felicidad mutua. Tanto ellas como yo, en la intimidad de mi hogar, seguíamos mostrándonos desnudos sin tapujos. Aquello a pesar que las niñas ya no eran niñas, sino unas hermosas jóvenes mujeres, dueñas de cuerpos privilegiadamente exuberantes y lindísimos.

 

         Una mañana de sábado, María del Socorro, mi hija mayor, luego de despertar se fue a meter a mi cama justo en el momento en que yo trataba de aliviar manualmente mi gazuza sexual. Es decir y hablando en español castizo, me estaba masturbando como casi todas las mañanas. Pero por lo temprano que era, no tomé precauciones como cerrar la puerta con seguro u otras semejantes.

 

Si hay algo en que no nos equivocamos con mi ex mujer fue en el nombre que colocamos a nuestras hijas. María del Socorro, desde muy pequeña, mostró una fuerte inclinación para auxiliar al necesitado. En la ocasión que les reseño, ella consideró que mi pene era un menesteroso  al que ella no podía dejar de prestar ayuda. Sin decir ni preguntar nada, asió mi falo enhiesto con sus manos y se lo introdujo en la boca. No fui capaz de impedírselo, sobre todo porque era algo que había nacido de ella, porque era —y es— mi punto débil en el plano sexual y porque se distinguía, desde el primer segundo, que era una experta mamadora que estimulaba mi pene como una diosa. En aquellos momentos yo me hallaba absolutamente imposibilitado a resistirme a tan hondo disfrute, que tanto me fascinaba y que no encontraba —ni encuentro— que tuviese nada malo que una hija satisfaga a su padre y viceversa (si es que ambos son mayores de edad, es mutuamente anhelado y consentido y tomamos resguardos anticonceptivos). Ella también lo entendía de igual manera (afortunadamente no heredó los genes mojigatos y puritanos de su madre).

 

         Mi hija recorría mi alborozado pene desde la base hasta la puntita del glande con su suave lengua, sus gruesos labios y con toda su linda boquita. Complementaba aquello con golpecillos manuales deliciosos a mi periné. Yo estaba en la cima de la felicidad y la fruición. Ella lo sabía y se esmeraba mucho en su labor. Los lametones en el frenillo peniano, el suave succionar, las introducciones de mi falo hasta tocar el inicio de su garganta y las caricias a mi zona perineal, no tardaron en provocar estragos en mí y poco antes de eyacular dije a mi hija:

 

—Amorcito, no aguanto más, me corrooooooo.

 

         Ella, haciendo oídos sordos a mi urgida advertencia, me prodigó más caricias bucales aún. Se concentró en el aro de mi glande y en el frenillo a los que sometió a una severa e intensa sesión de chupeteadas, lamidos, profundas succiones y fuertes sacudidas.  Tales atenciones expertas, aunado a mi antes aludida febril inclinación por el sexo oral y la calentura que tenía encima, hizo que mi descarga espermática fuese muy copiosa, espesa y caliente. La capacidad de extracción de mi adorada hija no dio abastos e hilos de semen se escabulleron de su boca. Recorrieron su barbilla, su cuello y se alojaron en su regazo de turgentes tetas.

 

         Siempre infundí en mis hijas que si uno recibe algo bueno debe esforzarse por otorgar reciprocidad y retribuir, con generosidad, la benevolencia recibida. Fiel a aquello, me dispuse a dar sexo oral a mi hija, quien se reveló como toda una gozadora ante mí (hija de tigre sale rayada, dicen por ahí).

 

         Solita mi hija se puso al medio de la cama y se colocó una almohada debajo de sus pompis para empinarlas más y dejar su sexo más expuesto, facilitando la deleitosa labor a que iba a dar inicio. Encajé mi cabeza entre sus muslos, semejantes a pilares situados muy cerca el uno del otro, y al instante sentí cómo sus manos aprisionaban mi testa y la fijaban muy cerca de su coñito. Mi lengua se abrió paso a través de las mamparas labiales mayores y se dirigió, a toda prisa, a la caza del clítoris, tras despegar los labios menores. La sedosidad de ese coño, cuidadosamente depilado por entero, y el dulzor de los jugos que manaban de este, me embriagaron y alocaron. El encuentro de mi lengua con el erecto clítoris nos excitó a ambos. Ella dejó escapar un gritito de vivo goce y yo me afané en congraciarme con aquél botón detonador de los más grandes placeres femeninos.

 

         Mi tarea fue prolija, concienzuda y laboriosa. Mi hijita, al poco rato, estaba gimoteando ruidosamente, sin realizar amago alguno por encubrir la felicidad y gozo que estaba experimentando. Si a ella no le importaba que su hermana la escuchara, a mí tampoco. Por algo será, pensé para mis adentros y proseguí mi tarea con renovados bríos. Mi amada hija, cuando ya gritaba como enajenada, tuvo su primer orgasmo y yo bebí su néctar como un alcohólico dado a la lubricidad, como un vicioso desenfrenado por la lujuria, la lascivia y la calentura extrema.

 

         Mi hija, al ver el apremio por el que pasaba otra vez mi verga, parada e hinchada a reventar, me ofreció su vagina para ser penetrada por mi apurado miembro. Sin pensarlo dos veces, acepté tal invitación rebosante de dadivosidad, me coloqué un condón y enchufé mi pene a aquella fuente de placer exquisito que se me obsequiaba altruistamente. Fui incrustando mi pene muy lentamente, ya que si bien aquel coñito no parecía virgen, al menos tenía muy poco trajín. El profundo amor que sentía hacía mi hija hacía que sólo quisiera causarle deleite, máxime para quien sólo me había prodigado loores a través de su vida y en aquel momento, también.

 

         Cuando llevaba alrededor de medio pene inserto en el agujerito vaginal de mi retoño, ella no pudo refrenar más sus deseos libidinosos y comenzó a empujar su cuerpo contra el mío. Aquella acción hizo que mi pene tocara el fondo de su matriz. Yo me mantuve quieto, pero ella inició unos movimientos rotatorios leves y muy placenteros con sus caderas. Poco a poco yo también empecé a bombear al compás de ella. A medida que ella incrementaba sus oscilaciones, yo hacía lo mismo con mi mete y saca.  Siempre siguiendo su ritmo, pronto alcanzamos una velocidad crucero que me afané en mantener, pese a que los gritos de la chica podían interpretarse como ganas de más rapidez de penetración. Sin embargo, como su progenitor, conocía muy bien a mi hija y sabía que era un poco alharaquienta.  Sabía que ella pedía más pene y quizá mayor hondura en cada arremetida, pero no movimientos más vehementes o brutales. Sin perder el ritmo acompasado y aumentando en recorrido de mi pene, desde lo más profundo de su matriz hasta casi el desacoplamiento total, comencé a comerme sus jóvenes tetas, pues su bamboleo me tenía loco de ganas de degustarlas.

 

         María del Socorro gozó y gritó a destajo. Cuando empezó a dar muestras que había un orgasmo en incubación, a petición de ella, cambiamos de posición. Yo me coloqué de espaldas y ella se montó sobre y de frente a mí y comenzó a cabalgar mi pene mientras yo saboreaba sus tetas. Sólo en aquellos instantes de cambio de posición,  fugazmente me percaté que Gloria, mi otra hija, se hallaba sentada en el umbral de la puerta de mi alcoba, presenciando todo nuestra perfomance y dando dedo a su coñito. Al sentirse descubierta por mi mirada, corrió y se lanzó a la cama como quien se arroja a una piscina. Con velocidad felina se ubicó sobre mi cabeza y dijo:

 

—Papi yo también quiero que me hagas disfrutar. No te imaginas cuánto esperamos este momento con mi hermana. Queremos resarcirte todo lo que nuestra madre puritana te negó por tantos años y de manera tan antojadiza. Nosotras te daremos todo lo que quieras. Nacimos y seremos putas para ti todas nuestras vidas. ¿Qué te parece papi?

 

—Espléndido es poco decir ante tan inmensurable dádiva de vuestra parte. Por otro lado y no obstante lo antes dicho, no me sorprende vuestra generosidad. Sólo espero comportarme a la altura de ustedes y, como es mi pensar, gratificarlas como se merecen. —respondí.

 

—Entonces menos palabrería y más acción. —replicó Gloria de los Ángeles.

 

 

Dicho aquello, mi hija mayor retomó su cabalgar y la menor, se sentó en mi rostro para que diese atención a su coñito ardiente y jugoso. Primero embebí mi boca con sus tibios torrentes que rezumaban de su entreabierto coñito. Borracho de placer, di a su clítoris un prolijo y extenso frotamiento lingual que culminó en un orgasmo prolongado que dejó a mi retoño plena de goce.           

 

En tanto María del Socorro no perdía el tiempo y le daba duro a mi pene, el que, no obstante el rigor al cual era sometido, se mantenía firme y gallardo defendiendo mi virilidad y aguante para dar gozo a tan exigente hembra, como lo era —y es— mi preciosa hija.

 

Al momento en que, luego de un arduo y continuo trabajo de mi boca, se desencadenaba la segunda cumbre sexual de mi hija menor, también hacía explosión mi pene casi colapsando con mi semen el depósito del indispensable preservativo. El griterío, los alaridos y chillidos llenaban de ruidos gozosos la habitación y de dicha plena nuestros corazones palpitantes a toda marcha.

 

Nos permitimos un merecido descanso que empleamos en desayunar para recobrar energías. Mis niñas no me permitieron atenderlas y se encerraron en la cocina a preparar el desayuno. Sólo se limitaron a decir:

 

—Tú papi, ocúpate de descansar y hacer acopio de fuerzas, pues la labor que te queda por delante será agotadora y extensa.

 

Aunque aquello tenía ribetes de ser una velada amenaza, no era más que una señal referente a que el disfrute venidero sería grande, pero trabajoso. En vista de tal futuro, me aseguré de que contaba con una dosis de la mágica pildorita azul para echar mano en caso de verme en aprietos con las demandas de mis hijas. Nunca había estado, a la vez, con dos briosas princesitas, por lo que desconocía cómo respondería mi cuerpo ante tales exigencias y no estaba de sobra prevenir.

 

Como mis hijas me hicieron saber que no querían verme merodear por las inmediaciones de la cocina en media hora, aproveché el tiempo y me di un reconfortante hidromasaje con sales minerales y buena música de Mozart. Para mí, toda una bomba de placidez a la vez que una inyección de buen ánimo.

 

Luego del baño, me atavié con una bata delgada y me senté en el salón del comedor. La mesa estaba muy hermosamente adornada y con un sinnúmero de exquisiteces: frutas de todo tipo, zumos de frutas, pastelillos, pan recién horneado, jamón, salame, chorizo, variedades de queso, leche, miel, cereales, etc. Dos minutos después aparecieron mis hijas enfundadas en sensuales batines escotados. Desayunamos abundantemente e hicimos una esclarecedora sobremesa. Me contaron que desde muy pequeñas, al escucharnos discutir con su madre por temas de sexo, ellas aguardaban con anhelo el momento de crecer y poder complacerme en todo lo que mi ex esposa me privaba egoístamente. Se dedicaron a aprender todo lo necesario para, posteriormente, poder brindármelo a mí.

 

Como hacía calor, nos vestimos con bañadores y subimos a la piscina del edificio. Cuando llegamos no había nadie, probablemente a causa de la tempranera hora, de que era un fin de semana largo y muchos de mis vecinos habían salido fuera de la ciudad, a que algunos se habían ido de copas la noche anterior o qué sé yo. Lo importante es que estábamos solos y en privado, pues puse seguro a la cerradura de la puerta para evitar ser pillados desnudos o en alguna actividad de tipo lúbrica. Si alguien quiere ingresar, tocará el timbre, pensé.

 

Tan sólo entrar y mis hijas se abalanzaron sobre mí para quitarme el bañador, me invitaron a subir y a tenderme boca arriba en el trampolín de la alberca y Gloria empezó a mamarme el pene mientras María del Socorro acariciaba y lamía mis huevos y el periné. Yo me encendí al instante y comencé a magrear a las chicas. Les saqué los sujetadores del biquini y sobé sus cuerpos concienzudamente y con deleite. Mis chiquillas me demostraron su pericia en las artes de la felación dándole duro al frenillo de mi pene y haciéndome acabar en menos de cinco minutos. Compartieron mi leche, limpiaron mi polla y me lanzaron, cuidadosamente, a la piscina. Tras despojarse de las braguitas de sus bañadores, se lanzaron ellas también al agua de la piscina.

 

Ver esos cuerpos jóvenes, lozanos y próximos a la perfección (el ojo paterno siempre abulta la realidad cuando se trata de sus hijos) nadar desnudos de aquí para allá y viceversa, despertó mis ganas de follar, transmitidas a mi verga, la cual como boy scout y sin regodeos, se puso a tono y se irguió jactanciosa. Detuve el nadar de Gloria de los Ángeles y la llevé a una esquina. Ella, risueña y pícara, se colgó de mi cuello, me besó deliciosamente, abrazó mi cintura con sus piernas, echó hacia atrás su cabeza apoyándola en el bordillo de la piscina, tomó mi erecta verga con una mano y se la encajó en su coñito. Yo empujé suavemente para terminar de introducir mi polla hasta el fondo de aquel santuario de placer. Una vez que hubo tocado fondo, me quedé un buen rato inmóvil, besando a mi hija con inmoderada demostración de apetito carnal. Mi quietud duró hasta que mi hija inició un lento y delicioso vaivén. María del Socorro, en tanto, había salido del agua y se había instalado en el borde de la piscina, frente a nosotros, iniciando una masturbación frenética, gimiendo a gusto,  sin perder de vista lo que su hermana y yo hacíamos. Gloria de los Ángeles movía su cabeza de un lado a otro y gemía con tantas o más ganas que su hermana. Su cuerpo vibraba y se cimbraba al tiempo que su menear de caderas se incrementaba. Sus gemidos mutaron a gritos, primero, y a alaridos, después. Y no era porque yo fuese un superdotado o un maestro a la hora de copular. Era, sencillamente,  porque ella era una gozadora impúdica y porque sabía —quizá por intuición femenino— que aquello me ponía a mil a mí, y de paso, a su hermana.

 

En un momento dado, cuando nos acercábamos al paroxismo, Gloria, haciendo gala de autodominio y bizarría, extrajo mi pene de su coño, se dio media vuelta y empinó su culito para proseguir la faena por la entrada de servicio. Las dos chicas me alentaban, a voz en cuello, para meterlo pronto por el agujero anal. Luego de lubricarlo y dilatarlo, apunté y empujé con fuerza para encajar el glande en el culo de mi hija. Estoicamente soportó el embate y no se quejó. Dejé pasar unos minutos y reanudé el enculamiento muy lentificadamente. María del Socorro, como una gacela, corrió a su bolso a sacar algo, se lanzó a la piscina y nadó hasta donde estábamos nosotros. Embadurnó la parte del pene que aún no había introducido y por todo sitio asequible del ano de su hermana con lubricante resistente al agua, que “casualmente” traía consigo. Mientras tanto y en gratitud, yo le sobaba el culo. Aquella atinada acción de mi hija facilitó mucho las cosas. Una vez más mi hija acudía en socorro de los menesterosos en el momento preciso. Mi hija echó para atrás violentamente su trasero y se enchufó todo mi pene en su recto. De aquella forma, quedamos conectados a un hontanar de placer infinito.

 

         Pasmado por tal intrépida acción, no atiné a moverme hasta que escuché:

 

—Papi, despabílate y empieza a mover la polla. —gritó Gloria de los Ángeles.

 

Tal acicate, unido a un sentimiento de amor propio vilipendiado, hizo que mi reacción fuera como la de una fiera herida. Con una mano cogí con fuerza de las caderas a mi hija y comencé a bombear con desenfreno y sin pausas. Mi hija gritaba alocadamente, pero aquello no detuvo ni aminoró mis arremetidas. Al rato mi niña-mujer continuaba chillando, pero con cada vez más suspiros entremedio. Luego se agregaron frases cortas que me alentaban a seguir, por una parte, y me daban elocuentes indicios que mi accionar era del agrado de mi niña. Para cerciorarme de esto último, saqué mi polla del culo de Gloria y escuché:

 

—Papá: ¡MÉTEMELA YA! No seas sádico.

 

Obediente, se la metí de una embestida hasta el fondo y continué bombeando ese rico culo con frenesí renovado. Al cabo de algunos minutos, descargué una buena cantidad de caliente leche en aquel culito sediento. Los tejidos del recto no fueron capaces de absorber todo el semen y una porción se escapó fuera del agujero y dejó su rastro en el agua. Yo no retiré mi pene y proseguí bombeando despacio, a la espera del culmen sexual de Gloria, quien sólo instantes después se tensó y le sobrevino un prolongado, gritado y alardeado orgasmo. ¡Cómo se retorcía aquel juvenil y bello cuerpo!

 

Mientras todo aquello sucedía, sonó el timbre. María del Socorro corrió hasta donde estaban los bañadores y nos lanzó los nuestros a la piscina. Ella y su hermana volaron y se encerraron en los vestidores. Apresuradamente me coloqué el traje de baño y, con tranco acelerado, me dirigí a la puerta. Cuando la abrí, me encontré con la joven administradora del edificio y su gordinflón y simpático novio. Manuela, la administradora, me dijo:

 

— ¡José Luís! Eras tú. ¿Qué estabas haciendo? Había un griterío gigantesco.

 

Para darme tiempo a encontrar una buena justificación más que por caballerosidad, saludé a Manuela con dos besos, uno en cada mejilla, y a su novio con un largo apretón de mano. Luego dije:

 

—Excúsame Manuela, pero están de visita mis hijas que juegan como si fueran unas niñas, a pesar que están bien crecidas. Son unas gritonas incorregibles.

 

El gordito novio de Manuela se sonreía pícaramente y su novia me miraba con cara incrédula.

 

En eso aparecieron mis hijas y saludaron muy amorosamente a mis inquisidores y, tomando la palabra María del Socorro, señaló:

 

—Discúlpanos Manuela, pero nos hemos descontrolado y perdido la noción de la realidad. Lo que sucede es que, cuando visitamos a papá, lo pasamos tan a gusto que nos volvemos loquillas. Pasando a otro tema, no sabía que tu novio era tan guapo. —agregó con descarado cinismo.

 

—La verdad que mi amorcito es un adonis, pero no me gusta ufanarme de aquello, pues no todas tienen la ventura mía. —respondió Manuela plena de agrado por el piropo a su noviecito.

 

—Por qué no se animan y se colocan bañadores y pasamos juntos un rato agradable compartiendo contigo, pero sobre todo, con el guapetón de tu novio. ¡Que está muy majo! —agregó mi otra hija.

 

Manuela, henchida de satisfacción por las lisonjas hacia su novio, se olvidó del escandalillo que teníamos y fue a buscar los bañadores con su simpaticón noviecillo.

 

Cuando se alejaron un poco, mis hijas no podían contener la risa. Sin embargo, muy pronto descubríamos la gracia escondida del gordito personaje, objeto de la soterrada mofa de mis hijas.   

 

 

Al regresar a la piscina Manuela y su gordinflón novio venían ataviados con sendos bañadores. Ella traía un micro biquini de color rojo vivo. Su novio, en cambio, vestía unos sobrios bermudas negros. Yo siempre había mirado a la joven Manuela con ojos lascivos, especialmente su prodigioso y paradito culo…el mejor del edificio sin lugar a dudas.

 

         Mis hijas, subidas en el trampolín, tramaban algo que, si bien no sabía con precisión qué era, sí estaba seguro que iba dirigido al novio de Manuela. De pronto noté que aquel simpático personaje estaba muy concentrado mirando hacia arriba, al trampolín. Mis traviesas hijas lo tenían absorto, pues le estaban haciendo un striptease extremadamente sensual y excitante. Se comportaban igual que calientapollas.

 

Manuela, ignorante de la situación que ocurría en el tablón de la alberca, me conversaba acerca de tópicos concernientes a la administración de edificio.

 

 

En eso se arrojan desnudas a la piscina mis hijas y comienzan a nadar cerca de Roberto, el novio de Manuela. Él las observa atónito.

 

— ¡Vaya que desinhibidas son tus muchachas! Tienen bonitos cuerpos, ¿te las follaste ya? —espetó Manuela como quien pregunta la hora.

 

— ¡Son mis hijas Manuela! —contesté con toda desfachatez y fingido enfado.

 

— Sólo te pregunté si habías tenido sexo con ellas y no si las habías torturado o maltratado. No es para que reacciones así. —replicó Manuela.

 

— Es cierto, pero cuando se trata de mis hijas me coloco a la defensiva. Excúsame por favor. —señalé.

 

Acto seguido, y frente a mí, cerró con seguro la puerta de la alberca y se quitó el biquini provocadoramente. Luego se lanzó a la pileta y comenzó a nadar.

 

 Roberto se despojó de sus bermudas y enseguida mis hijas detuvieron su nadar y se quedaron mirando el pene de Roberto boquiabiertas. La verdad es que no era demasiado largo, pero sí muy grueso.

 

El superdotado gordinflón se arrojó al agua cerca de las niñas. Las dos empezaron a coquetear con él, pero como María del Socorro era la que estaba más caliente, fue más osada y agarró a Roberto del rabo y lo atrajo hacia ella.

 

Para que Manuela no se pusiera a protestar, me saqué el traje de baño y me lancé nadando hacia ella. Con la mayor desvergüenza, la tomé por la cintura, la acerqué a mi cuerpo y la besé en la boca, con lengua y toda mi pasión contenida desde que llegué al edificio. Ella, para mi asombro, se dejó hacer y me respondió mi besuqueo. Aquello me envalentonó y comencé a magrear sus tetas y manosear su culo. Ella seguía dejándose hacer y emitiendo gozosos quejidos guturales. Mi pene se empinó a tope y ella se acercaba para refregárselo contra su pubis totalmente depilado.

 

Giré un poco la cabeza y vi a María del Socorro colgada del cuello del novio de Manuela y abrazada,  con las piernas, de la cintura de Roberto. Gloria, entretanto, sumergida en el agua chupaba la gruesa verga del regordete suertudo. Tanto y tan bien mamó que hizo que el muchacho eyaculara copiosamente en el agua de la piscina.

 

Mientras tanto yo me comía las tetas de Manuela y frotaba su clítoris con mis dedos. Manuela era mucho más ardiente de lo que imaginé. Gemía y gritaba sin retener el volumen de aquellas manifestaciones de deleite y goce, al tiempo que me pedía, poco menos que impetrando, que la enculara. Como soy débil de carácter, accedí e hice que se apoyara en el bordillo de la piscina con el culo empinado y sin visión de lo que hacía su novio. Empecé a dar masaje el ano de Manuela, a meterle un dedo con lubricante que ella me pasó, al tiempo que le acariciaba las tetas y le susurraba al oído que estaba muy buena y otras cosas de índole procaz, pero que noté que le gustaban y la ponían mucho. Asimismo, procuraba vigilar y mirar en qué estaba el gordito sinvergüenza.

 

Como lo suponía, el desfachatado y rechoncho novio de Manuela se estaba follando a placer a mi hija María del Socorro. Y Gloria se masturbaba con ganas mirándolos.

 

Lleno de celos, intensifiqué la estimulación anal y de vulva de Manuela, frotando su clítoris y sobreexcitándola. Entonces, luego de colocarme un condón común y corriente,  comencé a encajar mi polla, sin prisas pero sin pausas, hasta que mis huevos rebotaran en el precioso culo de Manuela. Contrariamente a lo esperado, ni siquiera chistó mínimamente, pero tampoco dio muestras de agrado. Mosqueado por aquello, empecé a embestir la retaguardia de Manuela con más fuerza hasta que comenzó a gritar ruidosamente. Imposible que su noviecillo abusador no se percatara. Sin embargo se hizo el desentendido y aumentó la vehemencia de la follada a mi pequeña e incauta hija.

 

Enceguecido, me salí de la piscina y fui corriendo hasta el bolso de María del Socorro. Yo sabía que aquel bolso contenía hasta lo más insospechado. No me equivoqué: había una caja de condones rugosos y con escamas, que suelen llamar “de efecto retardado”. Me coloqué uno y retorné al lado de Manuela, quien miró y tocó el preservativo, pero no dijo nada. Era una chica con gusto por el sexo rudo. Sin mucha contemplación, fui introduciendo mi reforzado pene en el culo de mi ocasional pareja. No me costó demasiado hacer que mis huevos rebotaran en sus nalgas, pues el agujero ya estaba bien dilatado. Inicié un mete y saca bastante lento para probar si a Manuela le dolía mucho. No obstante al sentir cómo María del Socorro gritaba de gusto y se corría una y otra vez y al notar que mi pareja daba alaridos de goce, inicié un bombeo más rápido en el culo de la joven administradora, sin importarme si le hacía daño o no.

 

Manuela bramaba, pero por fortuna para mí, de tanto disfrute y placer  que estaba sintiendo. El obeso abusador de cándidas chicas miró para ver si le estaba pegando a su novia. Yo le respondí con una sonrisa de sorna  y continué mi follada anal. Él ya había claudicado y amarraba el condón con su depósito lleno de semen.

 

Inflado de orgullo por tener al “violador” de mi hija fuera de combate, disminuí el rigor de mis embates al culo de Manuela considerablemente. Quería demorarme lo más posible para vengarme del obeso y desagradable individuo por haberse follado a mi tesoro de hija inocente y en mi presencia, más encima. ¡Sinvergüenza!... ¡descarado!... ¡abusador! le grité, pero no resultó audible.

 

Aproximadamente unos diez minutos más tarde no aguanté más y me corrí con abundancia. Manuela se giró, me quitó el preservativo, lo anudó, lo dejó en el borde de la alberca y me limpió el pene con su boca y lengua. Su novio, colorado de rabia, se movía de aquí para allá y de allá para acá.

 

Nos salimos de la piscina, nos colocamos los bañadores, tomé de la mano a mis hijas, nos despedimos con cortesía y nos fuimos corriendo a mi departamento. Antes de entrar alcanzamos a escuchar al gordinflón discutir con su novia.

 

Nos duchamos y, para congraciarse conmigo, María del Socorro me jabonó, con toda delicadeza, mi cuerpo. Intentó revivir a mi exhausto pene, pero no le fue posible, ya que el dichoso miembro parecía en huelga de brazos caídos. Recurrió a cuanto truco conocía, pero mi rabo, al no recibir órdenes superiores, permaneció en reposo. 

 

El resto del fin de semana fue de antología. Follamos y nos divertimos como nunca, a la vez que afianzamos todavía más nuestra relación.

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